Ciencia Ficción en castellano

Obras en la Biblioteca de La Rioja

No hay una definición clara de «ciencia ficción»: De considerar ciencia ficción aquellas narraciones «que hablan de viajes interplanetarios»; posteriormente se ha ampliado esta visión tan estrecha, considerando ciencia ficción los relatos que tienen una voluntad especulativa, además de tener un componente de «sentido de la maravilla». Se considera la primera novela del género a Frankenstein o el moderno Prometeo (1818) de Mary Shelley. Pero trazar límites temporales o de género literario resulta muy difícil, así que se pueden considerar predecesores de la ciencia ficción una serie de relatos, sobre todos los utópicos, que se adentran en el terreno de la especulación.
En la literatura en castellano, por ejemplo, en el undécimo cuento de El conde Lucanor (1330?), «De lo que aconteció al deán de Santiago con don Illán, gran maestro que moraba en Toledo», hay un precursor de los viajes en el tiempo o de los mundos paralelos.
Entre los viajes estelares, sin duda hay que mencionar el viaje de Sancho Panza y Clavileño; el viaje a la Luna que Juan Maldonado describe en su relato Somnium de 1532; y el de Diego Torres de Villarroel, en su Viaje fantástico del Gran Piscator de Salamanca. En 1787 José Marchena publicó una visita a la Luna en El Observador, un periódico de discursos, en la que emplea la descripción de una sociedad lunar para criticar ferozmente a la sociedad española contemporánea. 
Finalmente cabe mencionar tres frutos de la Ilustración: la utopía Viage de un filósofo a Selenópolis (1804) de Antonio Marqués y Espejo, el jesuita Lorenzo Hervás y Panduro es autor de un Viaggio statico al Mondo planetario ("Viaje estático al mundo planetario"), 1780. Por último, el cuento distópico de Cándido María TriguerosEl mundo sin vicios", primero de la literatura española. 
En España, la literatura de lo que ya se puede considerar «ciencia ficción», comenzó a mitad del siglo XIX. Esta primera etapa, que en España se extenderá hasta la Guerra Civil, a menudo es denominada «protociencia-ficción», aunque también se han llamado «fantasías científicas» o «literatura utópica».
El viaje al espacio es relativamente frecuente en el romanticismo tardío; pueden mencionarse el Viaje somniaéreo a la Luna, o Zulema y Lambert (1832), de Joaquín del Castillo; Astolfo: Viajes a un mundo desconocido, su historia, leyes y costumbres (1838), de un tal D. F. de M. ; Lunigrafía: o sea, noticias curiosas sobre las producciones, lengua, religion, leyes, usos y costumbres de los lunícolas (1855-1858), de Miguel Estorch y Siqués; Selenia, de Aurelio Colmenares y Orgaz (1863); Un viaje al planeta Júpiter (1871), de Antonio de San Martín; y Una temporada en el más bello de los planetas (1870-1871), de Tirso Aguimana de Veca. La novela de Amalio Gimeno, luego traducida al francés, Un habitante de la sangre (1873), que narra las aventuras de un glóbulo rojo dotado de conciencia y personalidad, no es sino la primera de una serie de alegorías médicas hispánicas posteriores.
Mariano Martín Rodríguez señala que «las zarzuelas protofictocientíficas no eran, de hecho, inusitadas en la España de esa época, pues hubo al menos dos zarzuelas ambientadas en el futuro. El siglo que viene (1876), de Miguel Ramos Carrión, y Madrid en el año 2000 (1887), de Guillermo Perrín y Miguel de Palacios». En el mismo registro humorístico, un carácter pionero en la ficción científica internacional tuvo El doctor Hormiguillo (1890-1891), una novela didáctica para niños de José Zahonero. El género no es uno de los más prolíficos de la literatura española. Alentados por el regeneracionismo y condicionados por el atraso tecnológico nacional, los autores hispanos se dedicaron sobre todo a las ucronías y los futuros postapocalípticos.
Uno de los primeros ejemplos europeos de ucronía es una reescritura de la historia de España por Nilo María Fabra. La producción de Fabra es amplia y abundante en interesantes ideas: incluye ucronía, progresos técnicos, humor y siempre se nota el conservadurismo del escritor. «Cuento futuro» de Leopoldo Alas, ‹Clarín› anticipa el realismo mágico.
Diversos autores de la generación del 98 hicieron incursiones: «La ruina de Granada» (1899), de Ángel Ganivet, «El fin de un mundo» (1901) y «La prehistoria» (1905), de Azorín, «El pesimista corregido» (1905), de Ramón y Cajal, «La República del año 8 y la intervención del año 12» (1902), de Pío Baroja, y «Mecanópolis» (1913), de Miguel de Unamuno.
A estos autores hay que añadir el llamado «Chicos de Londres», Luis Araquistáin, Salvador de Madariaga, Ramón Pérez de Ayala y Ramiro de Maeztu. Estos cuatro autores, que habían trabajado y vivido en Londres, estaban en contacto con los autores ingleses de ciencia ficción de la época: George Bernard Shaw, H. G. Wells y Aldous Huxley. De ellos han salido algunas utopías humorísticas de importancia. Pero la más anticipadora es El dueño del átomo, de Ramón Gómez de la Serna, que habla ya de la energía y la bomba atómica en 1928.
La influencia de Julio Verne fue enorme en la época, aunque en español fue más atrevido. El mejor ejemplo es El anacronópete (1887), de Enrique Gaspar y Rimbau, en la que aparece una máquina del tiempo anterior a la de Wells. Los dos autores que mejor representan esta corriente son José de Elola y Jesús de Aragón. Elola escribió bajo el seudónimo de Coronel Ignotus en la colección Biblioteca Novelesco-Científica, siendo sustituido dentro de la colección por Aragón, bajo el seudónimo de Coronel Sirius. Otros autores que se pueden mencionar son Pedro de Novo y Colson, Segismundo Bermejo, y los relatos de Juan Giné y Partagás. La ciencia ficción también fue auspiciada por editoriales católicas, que trataban de emplearla para introducir crítica social. 
La Guerra Civil produjo un enorme corte en la literatura de la ciencia ficción española. Mientras que en Estados Unidos entre 1938 y la década de 1950 se producía una «Edad de Oro», en la España franquista se veían con desconfianza cualquier tipo de fantasía literaria que no fuese la suya, a excepción de Agustín de Foxá, y desde la izquierda se despreciaba todo lo que no fuese realismo social. El ingeniero Jaime de Foxá, escribió una valiosa distopía que avanza las ideas del ambientalismo ecologista y el conservacionismo. Solo destacan La bomba increíble (1950), de Pedro Salinas; Cuatro corazones con freno y marcha atrás (1936), de Jardiel Poncela; La nave (1959), de Tomás Salvador; Corte de corteza (1959), de Daniel Sueiro; El contrabandista de pájaros (1973) de Antonio Burgos; En el día de hoy (1979), de Jesús Torbado; y La fundación (1974), de Antonio Buero Vallejo.
A mediados del siglo XX aparecieron las «novelas de a duro», posteriormente llamadas bolsilibros. Poco estimadas por el estamento literario, sus mismos autores y editores no la tenían en gran consideración: eran un medio de subsistencia. Su éxito comercial fue enorme. La calidad era muy irregular y entre los mejores surgieron algunos nombres de autores conocidos, como Domingo Santos o Ángel Torres Quesada. Todos ellos publicaban bajo seudónimos americanizados.
La primera colección de este tipo que surgía en España fue Futuro, novelas de Ciencia y Ficción, que se publicó de 1953 a 1956. La revista era un proyecto personal de José Mallorquí Figuerola, autor de El Coyote, que traducía relatos estadounidenses, cambiando el título y el nombre para no pagar derechos de autor, y algunos relatos originales. La colección más importante fue Luchadores del espacio, que comenzó a publicarse en 1953, llegando a los 120 volúmenes. La importancia de la colección estriba sobre todo en la publicación de La saga de los Aznar (1953 a 1958) por «George H. White», seudónimo de Pascual Enguídanos. La saga de los Aznar llegó a recibir el premio Hugo a la Mejor Serie de Ciencia Ficción Europea en el Eurocon de Bruselas de 1978.
La primera ciencia ficción moderna llegó a España desde Argentina, de la mano de la revista Más Allá de la Ciencia y la Fantasía, de 1953 a 1957. Ofrecía relatos estadounidenses y algunos pocos originales en español. En 1955 también comenzaron a llegar desde Argentina los libros publicados por la editorial Minotauro. La editorial, que fue la primera en calificar sus libros de «ciencia ficción», publicaba sobre todo a autores anglosajones, los clásicos de la Edad de Oro.
A principios de los sesenta aparecieron las primeras colecciones españolas de libros dedicadas a la ciencia ficción: Cénit (1960-1964), Galaxia (1963-1969), Vórtice, Infinitum (1965-1968), etc., entre las que destaca la colección Nebulae (1955-1968). Mayoritariamente traducciones del inglés, publicaron algunas antologías de autores españoles, entre los que hay que mencionar a Domingo Santos, F. Valverde Torné y Antonio Ribera. Otras editoriales también recopilaron autores nacionales, publicando historias de Francisco Álvarez Villar, Francisco Lezcano, Juan G. Atienza, Carlos Buiza y Juan José Plans.
Durante estos años destacó la labor de Domingo Santos, el decano de la ciencia ficción española. Santos, proveniente de las novelas de a duro, publicó durante esta época algunas obras interesantes que destacaban por su calidad. Pero la importancia de Santos reside sobre todo en su actividad editorial en Nueva Dimensión.
Se considera que Nueva Dimensión inaugura la transición de la ciencia ficción española moderna, desde el enfoque de aventura, que no desaparecerá por completo, hacia la literatura prospectiva. Entre estos autores transformadores se puede destacar a Juan Miguel Aguilera y Rafael Marín, que tuvieron éxito posterior, y con menos éxito comercial: Ignacio Romeo, José Ignacio Velasco, Jaime Rosal del Castillo y Enrique Lázaro. Carlos Saiz Cidoncha es uno de los clásicos indiscutibles de la ciencia ficción española, tras casi cuarenta años de actividad literaria, es también un historiador del género en España con su La ciencia ficción como fenómeno de comunicación y de cultura de masas en España (1988). Se puede incluir en este grupo la que posiblemente sea la mejor obra de ciencia ficción escrita en catalán, Mecanoscrito del segundo origen (1974), de Manuel de Pedrolo. De entre las escasísimas mujeres que escriben ciencia ficción en la época, merece la pena destacar a María Güera.
En la década de 1990 se produjo una pequeña explosión editorial de la ciencia ficción en España. Posiblemente el principal motor fueran los fanzines, pequeñas revistas improvisadas publicadas por aficionados. A partir de 1990 se publicó el fanzine BEM, el más importante y longevo de todos, y más tarde en la década, Artifex, a cargo de Luis G. Prado, y Gigamesh, fanzine editado por la librería del mismo nombre, a cargo de Julián Díez y luego de Juan Manuel Santiago. Otros factores que influyeron en la extensión del género fueron la popularización del Hispacón y la aparición de tertulias temáticas en las grandes ciudades. Así se fundó en 1991 la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (AEFCFT) y se crearon nuevas colecciones especializadas, como las de Martínez Roca, Júcar, Destino, Edaf, Grijalbo, Miraguano, Ultramar o Ediciones B, aunque solo estas tres últimas publicaron de forma regular autores españoles.
Autores que han escrito esporádicamente obras de ciencia ficción son César Mallorquí y Elia Barceló, quizás los dos mejores autores de esta generación. Elia Barceló, no solo es la autora más prolífica de la ciencia ficción española, sino que posiblemente la de más importancia en el género en España. Su calidad viene avalada por los premios Ignotus y por el UPC, en 1993, por su novela corta El mundo de Yarek. Otros autores destacables son León Arsenal, Rodolfo Martínez; Javier Negrete o Juan Carlos Planells. Además de autores canónicos que se han acercado al género: Gonzalo Torrente Ballester, José María Merino, Rosa Montero, Suso de Toro y Ray Loriga.
La mayoría de los autores más importantes de la ciencia ficción de los últimos años acompañan desde hace mucho tiempo el género. La mayoría comenzaron a publicar en la década de 1990, o incluso antes, y no han surgido muchos nombres nuevos.
El que quizás sea el autor más completo de su generación es Eduardo Vaquerizo, autor de lenguaje preciosista que se ha ido alejando de la ciencia ficción dura. Ha ganado el premio Ignotus en seis ocasiones, además de ganar los premios Domingo Santos y USC. Sus obras más conocidas son Danza de tinieblas y Memoria de tinieblas, que comparten universo. También se puede mencionar la lírica La última noche de Hipatia, un viaje a través del tiempo. Los dos autores de ciencia ficción más representativos serían Félix J. Palma y José Antonio Cotrina. Palma es conocido principalmente por su trilogía El mapa del tiempo, El mapa del cielo y El mapa del caos, que ha conseguido colocar en la lista de los más vendidos del New York Times. De Cotrina destacan Salir de fase y Tiempo muerto, ganadoras del premio UPC 2000 y 2001 respectivamente.
Los nuevos autores han tenido una buena aceptación por la crítica general, lo que indica una creciente aceptación externa del género. Entre los últimos autores que ha aparecido, está Carlos Sisí. Otros que han editado obras de alguna importancia en los últimos años son Jesús Cañadas, con Pronto será de noche (2015), Elio Quiroga, con Los que sueñan (2015), Dioni Arroyo Merino con Fracasamos al soñar (2017) o Ray Loriga con Rendición (2017). Rosa Montero, Premio Nacional de las Letras de 2017, publica, entre otras, la trilogía de la replicante Bruna Husky, ambientada en el difuso universo de Philip K. Dick y Blade Runner.